Diario bourgignon (I)
Hace algo más de un año estuve unos meses trabajando en Dijon. No sé por qué, cuando estás en otro país, los demás extranjeros te resultan más familiares, como si el hecho de compartir la incomodidad del idioma te uniera. O tal vez sea porque compartes la visión de un lugar nuevo que quieres conocer. El caso es que entablé más relación con los estudiantes erasmus (sobre todo españoles, supongo que por mucho que te sientas ciudadano del mundo, siempre es más cómodo hablar tu lengua materna). En concreto a los pocos días de llegar, conocí a un grupo de estudiantes españoles, y compartimos nuestro desconocimiento sobre cómo desenvolvernos en una ciudad en la que todo cierra a las 5 de la tarde, en una residencia de estudiantes en la que no teníamos más que el dormitorio, baños y duchas comunes, y una cocina que no era más que un hornillo electrico de dos fogones, compartido por ventitantas personas. Empezamos a hacer cosas juntos: la compra, la comida, las visitas a los escasísimos bares a los que se podía ir de noche...
Una de estas chicas había llegado a Dijon en autobus a las tantas de la mañana, y se encontró sola en una ciudad en la que no conocía a nadie (y donde se hablaba un idioma que no controlaba demasíado bien), sin ningún sitio a donde ir hasta varias horas después, con todo cerrado y un montón de maletas. Una situación para echarse a llorar. Afortunadamente, una chica francesa que también venía en ese autobús le preguntó qué le pasaba al verle tan perdida, y se quedo charlando con ella. Resultó que ella también tenía que esperar a que amaneciera, ya que le había dejado las llaves de su piso a unos amigos, y no era cuestion de despertarles esas horas, así que se quedaron las dos hablando, sentadas en un banco junto a la estación, y se hicieron amigas.
Poco después, le invitó a una fiesta que sus amigos hacían en su casa, y ahí que nos fuimos los españoles. Ahí conocí alunas personas realmente pintorescas. Los anfitriones eran dos franceses (uno de la isla de Reunión), que tenían por lema "mi casa es tu casa". A partir de ese momento, se convirtió en cotumbre lo de ir a cenar la noche de los domingos con ellos. Les preparábamos comida española, nos enseñaban la comida y la bebida típica de Reunión (y sobre todo la música: en esa casa sonaba una y otra vez el mismo disco de "zuk" -creo que se escribe así-), y sobre todo hablábamos de todo y de nada. Había algo en esa casa -el "encanto" de un edificio que en otra crcunstancia llamarías ruinoso, la propia gente que en ella vivía, y otras cosas que es dificil concretar- que la hacía especial, como salida de una mezcla de la época hippie, y una película de esas que muestran la gente sencilla de los pueblos de Francia o Italia. Ahí no tuve las conversaciones más interesantes de mi vida, ni comí la mejor comida, ni siquiera hice nada fuera de comer, beber y charlar... pero es uno de los lugares que con más cariño recuerdo.
Unos seis meses después de mi estancia volví un fin de semana a Dijon a ver a la gente que ahí había conocido. Estuve con muchos de los estudiantes, pero no pude coincidir de nuevo con esta pareja. Me pregunto qué habrá sido de ellos. Lo único que puedo decir es que espero que les vaya bien.
Una de estas chicas había llegado a Dijon en autobus a las tantas de la mañana, y se encontró sola en una ciudad en la que no conocía a nadie (y donde se hablaba un idioma que no controlaba demasíado bien), sin ningún sitio a donde ir hasta varias horas después, con todo cerrado y un montón de maletas. Una situación para echarse a llorar. Afortunadamente, una chica francesa que también venía en ese autobús le preguntó qué le pasaba al verle tan perdida, y se quedo charlando con ella. Resultó que ella también tenía que esperar a que amaneciera, ya que le había dejado las llaves de su piso a unos amigos, y no era cuestion de despertarles esas horas, así que se quedaron las dos hablando, sentadas en un banco junto a la estación, y se hicieron amigas.
Poco después, le invitó a una fiesta que sus amigos hacían en su casa, y ahí que nos fuimos los españoles. Ahí conocí alunas personas realmente pintorescas. Los anfitriones eran dos franceses (uno de la isla de Reunión), que tenían por lema "mi casa es tu casa". A partir de ese momento, se convirtió en cotumbre lo de ir a cenar la noche de los domingos con ellos. Les preparábamos comida española, nos enseñaban la comida y la bebida típica de Reunión (y sobre todo la música: en esa casa sonaba una y otra vez el mismo disco de "zuk" -creo que se escribe así-), y sobre todo hablábamos de todo y de nada. Había algo en esa casa -el "encanto" de un edificio que en otra crcunstancia llamarías ruinoso, la propia gente que en ella vivía, y otras cosas que es dificil concretar- que la hacía especial, como salida de una mezcla de la época hippie, y una película de esas que muestran la gente sencilla de los pueblos de Francia o Italia. Ahí no tuve las conversaciones más interesantes de mi vida, ni comí la mejor comida, ni siquiera hice nada fuera de comer, beber y charlar... pero es uno de los lugares que con más cariño recuerdo.
Unos seis meses después de mi estancia volví un fin de semana a Dijon a ver a la gente que ahí había conocido. Estuve con muchos de los estudiantes, pero no pude coincidir de nuevo con esta pareja. Me pregunto qué habrá sido de ellos. Lo único que puedo decir es que espero que les vaya bien.
