Hay muchas páginas web donde se habla de las virtudes del software libre, ya sean morales, sociales o técnicas. Como no sería capaz de hacerlo mejor que ninguna de ellas, voy a limitarme a contar mi experiencia personal con este software.
El primer ordenador que usé con linux instalado era un 486, que los becarios de informática de mi colegio mayor habían conseguido configurar para compartir una única conexión a internet para todos los ordenadores de la sala de usuarios (esto sería por el año 97 o 98, así que eso de ir a una tienda a por un router como que no era precisamente de lo más factible). No quiero ni imaginarme lo que tuvieron que pasar para instalarlo, porque en aquel entonces lo de las distribuciones con bonitos instaladores en modo texo que reconocen automáticamente todo el hardware era ciencia ficción: con suerte existiría alguna
Debian o
Slackware, y no me sorprendería que tuvieran que compilar el núcleo para incluir los drivers del hardware específico). El caso es que, por curiosidad, les pedí que me abrieran una cuenta, y empecé a aprender por prueba y error. Incluía un
escritorio gráfico de lo más sobrio: fondo de un sólo color, sin más iconos que el de los cuatro escritorios disponibles (con el tiempo instalaron
otro que pretendía simular al del windows 95). No sé donde ya había leido algo sobre los permisos de los archivos, las cuentas de usuarios, la historia de tener que montar los disquettes para acceder a ellos... y entre eso, lo que ya sabía sobre MS-DOS , y un poco de espíritu aventurero, la verdad es que no tardé demasíado en ser capaz de ara lo básico. Esto me venía espcialmente bien cuando el resto de los ordenadores estaban ocupados, y el único qe quedaba libre era este.
Esto se acabó cuando los responsables de informática de la universidad decidieron que eso era una chapuza, y prefirieron poner una conexión para cada ordenador para evitar esto. A partir de entonces, todo era windows en esa sala.
Mi siquiente contacto con el mundo más allá de Microsoft llegó en Florida. Nada más llegar al programa de doctorado, nos dieron una llave de la sala de usuarios, y unas fotocopias grapadas con un mínimo manual de uso, y el nombre y contraseña de la cuenta que nos habían creado.
En esta sala todo eran equipos Sun, con
Solaris instalado. La verdad es que eran un poco cutres (algunos, que debían ser antediluvianos, eran especialmente lentos). Aunque habían pasado unos tres o cuatro años de lo anteror... ahí estaba un
escritorio tan plano como el de antes!!!! En esta sala se seguía la filosofía unix a rajatabla: un monton de programas instalados, cada uno para hacer una única tarea, y casi todo había que hacerlo desde la línea de comando: para procesar documentos tex o latex, había que hacerlo por el método tradicional: editor de texto plano, ejecutar la compilación en línea de comando, convertir de dvi a ps, y enviarlo a la impresora. Aún así, todo el mundo funcionaba a las mil maravillas con esa filosofía. Además, tengo que decir que no he visto sistemas más estables en mi vida: en diez meses de trabajo intensivo, no recuerdo que dieran absolutamente ningún problema. Por cierto, en cualquier momento podía haber seis o siete procesos de cálculo intensivo envíados por diferentes usuarios corriendo a la vez y sin problemas, a pesar de que los equipos eran del paleolítico.
Cuando volví a España, me había comprado un portatil con windows xp preinstalado. Sin embargo, mis directores me recomendaron que me instalase también linux, pues algunos de los programas que usabamos no tenían versión para windows, o esta funcionaba peor; y otros era mejor correrlos en los servidores que usamos específicamente para eso, usando los ordeadores de cada uno como terminal. Mis dos directores de tesis usaban redhat, al igual que los servidores. Pero como tenía una partición NTFS a la que quería acceder, me recomendaron
Mandrake; en concreto me instalé la versión 9.1.
La instalación fue de lo más fácil, sólo nos llevó algo de tiempo elegir los paquetes a instalar, y todo funcionó a la primera (bueno, todo lo que funcionó, el dichoso modem no ha manera). Y ahí si que terminé de rendirme: no sólo era mucho más útil, sino que también era más "user friendly" (
KDE 3.1).
A partir de ahí, pues todo in crescendo: el año pasado me compré un equipo de sobremesa (en el que estoy escribiendo esto), donde instalé Mandrake 9.2. En la penúltima remesa de ordenadores del ordenador por fin me llegó uno a mí. Concretamente, por las leyes de la rotación (los mejores se quedan como servidores, los siguientes van a los jefes, y de ahí para abajo cada vez peores equipos) me tocó un pentium II con 32 mb de RAM, que tenía windows 95 instalado. Formatee, le instalé una
Damn Small linux, con la que funcionó bien. Pero como me parecía una chapuza eso de que hiciera la detección de hardware completa cada vez que arranca, la cambié por una Debian Woody, con
XFCE, y la usaba como terminal para conectarme al servidor. Hacía un ruido del demonio, y le costaba un horror arrancar; pero a parte de eso, funcionaba de maravilla: era cien mil veces mejor que tener que ir y volver cada día con el portatil.
Por último, finalmente me ha llegado un ordenador bueno en el trabajo (AMD K7, con un giga y medio de RAM) en el que instalé Mandrake 10.1, y va como una seda. El Pentium II ha pasado a la última becaria que ha entrado (pobrecita).